El tiempo vuela… y nosotros volamos con él.
Cada día, cada hora, cada minuto y segundo, vamos dejando huellas de lo que somos en los demás y en el mundo que nos rodea.
No siempre somos conscientes del valor del tiempo hasta que, por un instante, nos detenemos y miramos hacia atrás. ¿Qué hicimos con ese tiempo que ya no vuelve? ¿Qué dejamos en él de nosotros?
Los minutos pasan, las horas se escapan… y lo que hemos hecho —sea bueno o no— queda grabado para siempre. No hay forma de retroceder, solo de aprender y avanzar.
Por eso es tan importante desgastar el tiempo en lo que verdaderamente importa:
en lo que hace crecer, en lo que da vida, en lo que deja luz.
Vive cada instante con la alegría de escuchar de verdad a quien tienes delante.
Exprime tus minutos haciendo el bien, sin preguntar a quién.
Entrégate por completo, sin reservas, con lo que eres y con lo que puedes dar.
No dejes pasar ni un segundo sin sembrar justicia y paz.
Apaga el reloj cuando tus oídos deban prestar atención al que sufre.
Y convierte tu cuerpo en instrumento: que tus brazos abracen, tus pies caminen hacia el necesitado, tu boca consuele y anime.
Sueña despierto y vive soñando.
Porque solo quienes sueñan con amor y esperanza
son capaces de ofrecer lo mejor de sí mismos,
y transformar cada minuto en un auténtico regalo de Dios para el mundo.




















