
Explorar nuestro interior es un desafío, pero nos da vida y la ofrece a quienes nos rodean. A menudo evitamos mirar nuestro pasado, sin darnos cuenta de que en él se asientan las bases de lo que somos hoy. Si rebobinamos nuestra historia, encontraremos heridas, pero también momentos de amor y luz que nos recuerdan la grandeza de Dios.
Al nacer, Dios nos confía un tesoro, aunque en el camino puede ocultarse por el dolor o la incertidumbre. Sin embargo, siempre está ahí. Preguntémonos: ¿cuáles son nuestros tesoros? ¿Cuándo los hemos perdido de vista? Contemplar el firmamento nos recuerda la inmensidad de Dios, pero ¿por qué no reconocer también la grandeza que llevamos dentro?
La amistad es un regalo divino, un lazo de amor y confianza. Nos ayuda a ser con el otro y a crecer juntos en fraternidad. Te invito a buscar ese tesoro en tu interior, a compartir heridas y alegrías, a caminar unidos en el amor y la esperanza.
Dios vive en ti y en mí. Con el corazón abierto, sigamos escribiendo juntos nuestra historia, confiando cada página en sus manos. Cada atardecer es una hoja que pasa; cada amanecer, un nuevo comienzo.
Encar
www.reflejosdeluz.net




















