El tiempo que pasa y permanece


El tiempo no pide permiso. Llega, se instala, transforma.
Nos cambia la piel, los gestos, la mirada.

Deja en nosotros huellas visibles y otras que solo el alma sabe nombrar.

Aceptar el paso del tiempo no es rendirse. Es comprender que vivir no es detener lo inevitable, sino aprender a caminar con ello.
Es abrazar las marcas del camino como signos de una vida que ha sido vivida con entrega, con pasión, con amor.

Hay rostros que el tiempo ha desgastado, pero también los ha embellecido. Manos que ya no tienen la fuerza de antes, pero conservan la ternura de lo aprendido. Cuerpos que han conocido el esfuerzo, el cansancio, la renuncia… y aun así siguen siendo fuente de vida.

Porque lo vivido con generosidad nunca envejece. Porque una vida entregada no se mide por lo que brilla hacia fuera, sino por lo que en silencio ha dado.

El tiempo pasa, sí. Pero hay corazones que siguen encendidos.
Personas que, aun en su aparente fragilidad, son faro para otros.
Que enseñan sin imponer, que acompañan sin prisa, que siguen sembrando aunque ya no corran.

Aceptar el paso del tiempo es reconocer que cada etapa tiene su valor, su verdad, su belleza. Y que también en la vejez, en el desgaste, en lo lento… hay vida. Vida que guía, que abraza, que inspira. Vida que se ha ido dando, y que sigue dando.

Porque mientras haya amor por compartir, palabras por decir, gestos por ofrecer… el tiempo no nos roba la vida. Solo la transforma en algo más profundo. Más eterno.

Encar
www.reflejosdeluz.net



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