La vida ha sido para mí un camino de constantes batallas.
No hubo jornada sin desafío, ni amanecer sin alguna prueba que vencer.
A veces gané, otras veces caí; muchas veces caminé herida, y otras, casi sin fuerzas.
Pero en cada paso, en cada caída, en cada nuevo intento, jamás dejé que se apagara mi sonrisa.
No he vencido todas las batallas, y lo sé.
Hay cicatrices que guardo en el alma y sueños que quedaron en el camino. Pero no me llevo amargura: me llevo gratitud.
Gratitud por cada lucha que me enseñó a ser más fuerte, por cada herida que me enseñó a amar más hondo, por cada noche oscura que me enseñó a confiar en la luz que no se ve.
He aprendido que la verdadera victoria no siempre es ganar, sino no rendirse. Que sonreír, aun cuando el alma tiembla, es también una forma de pelear. Que la alegría no es ingenuidad, sino un acto de valentía ante la vida.
Ha habido personas en mi camino que me han ayudado a aguantar la sonrisa, las que han estado ahí en los momentos más difíciles… a esas personas las llevo conmigo y desde el cielo les acompaño con mi sonrisa y mi cariño. Han sido insustituibles.
Mientras haya una chispa de vida, una razón para amar, una esperanza que defender, seguiré sonriendo…
Encar
www.reflejosdeluz.net




















