ABRAZAR EL DOLOR


Cuando abrazas el dolor y lo haces parte de ti, poco a poco comienza a desvanecerse. Lo habitual es resistirnos a él, rechazarlo, negarlo… como si sentir dolor fuera un fracaso. Lo escondemos, lo disfrazamos, pero dentro algo se quiebra y nos inunda una sensación de ahogo, de tristeza que no sabemos cómo contener.

Abrazar el dolor no es rendirse, es aceptar que forma parte de la vida, de ciertos momentos, de ciertos procesos. Es permitirnos sentir sin huir. Cuando el sufrimiento llega, elegimos: o saltamos hacia un nuevo sentido o nos dejamos arrastrar por su peso.

Recuerdo una frase de Mateo Bautista que decía: «Todo sufrimiento trae un mensaje de crecimiento, si es escuchado.» Por eso, más que huir, conviene escuchar lo que el dolor quiere decirnos, descubrir sus causas y transformarlo en aprendizaje. A veces, ese paso requiere nuevas relaciones, reconciliaciones pendientes, nuevos intereses, motivaciones que nos saquen de nosotros mismos.

Sufrir sanamente es transformar el dolor en camino, es pasar del apego al amor, de la manipulación a la libertad, del vacío a la plenitud. Es poner amor en medio del sufrimiento para que éste nos purifique, nos enseñe, y al final se disipe, dejando como herencia algo esencial: el secreto de la vida.

Por eso, no temas al dolor. No luches contra él como un enemigo, aprende a elaborarlo con conciencia y esperanza. Porque cuando lo abrazas con verdad… deja de doler.

Encar 
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