Abrazar el mundo no es solo abrir los brazos y aferrarse a él…es amarlo con ternura, cuidarlo con conciencia, mimarlo con gratitud y respetarlo con humildad.
El mundo es nuestro hogar, el espacio que nos sostiene y nos permite existir.
Es el escenario sagrado donde nuestra vida se despliega, donde compartimos la aventura de ser parte del universo que Dios ha creado con sabiduría y amor.
Amar el mundo es también amarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean.
Porque no hay mejor forma de protegerlo que prestando atención, cada día, a lo que ocurre cerca: a la tierra que pisamos, al aire que respiramos, a los rostros que encontramos.
Ser ecológicos es urgente para que el planeta no agonice.
Y ser bondadosos con el prójimo es esencial para que nuestra presencia aquí tenga sentido y propósito.
Abrazamos el mundo cada vez que perdonamos con el corazón,
cuando miramos con compasión el sufrimiento ajeno,
cuando apostamos por la paz en medio del conflicto.
Abrazamos el mundo cuando vivimos con autenticidad,
cuando no ocultamos lo que somos ni lo que creemos,
cuando damos testimonio sin temor ni vergüenza.
Abrimos el corazón al mundo cuando elevamos oraciones por los males que nacen de la envidia, del egoísmo, del rencor.
Y extendemos nuestro abrazo más allá de lo visible cada vez que confiamos plenamente en Dios, entregándole lo que somos, lo que hacemos y lo que soñamos.
Porque abrazar el mundo… es una forma silenciosa y poderosa de amar. Y amar, siempre, es reflejo de Dios en nosotros.
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