Dejarse llevar no es lo mismo que dejarse caer.
No es renunciar a uno mismo, ni vivir a la deriva. Es, más bien, rendirse con confianza a aquello que da vida, a lo que sana, a lo que impulsa desde lo profundo. Es soltar el exceso de control, las expectativas que pesan, las rigideces que impiden respirar. Dejarse llevar es un acto de fe, de humildad, de escucha atenta. Es abrir los brazos a lo bello sin sospecha, permitir que lo bueno me toque sin resistirme, decirle que sí a lo que me transforma con ternura.
A veces vivimos tan a la defensiva, tan ocupados en protegernos, que nos perdemos de lo que podría hacernos bien. Pero el alma sabe cuándo algo le hace crecer. Y si me dejo llevar por lo que me eleva, por lo que me despierta, por lo que me enseña sin herir, entonces empiezo a descubrir una libertad nueva.
Me dejo llevar por una palabra luminosa, por una compañía que abraza, por una intuición que me llama hacia adentro. Me dejo llevar por la risa sincera, por la paz que llega sin ruido, por la belleza sencilla que aparece cuando dejo de forzar.
Dejarse llevar no es huir del camino, es reconocer que hay otra manera de caminar. Una más ligera. Una más verdadera. Es confiar en que hay una corriente que sabe más que mis cálculos. Es escuchar esa voz interior —o divina— que susurra suavemente: por aquí, sin miedo. Y entonces, me suelto. Y permito que la vida, con todo su misterio, me lleve donde el alma florece.
Encar
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