Conocerte fue como descubrir una rosa en un jardín perdido. Al principio, lo que me llamó la atención fue tu grandeza, evidente como los pétalos que brillaban bajo el sol. Había algo en ti que atraía, una fragancia invisible que hacía imposible no volver la mirada. Pero, como con cualquier rosa, había mucho más detrás de esa apariencia.
Cada conversación contigo era como observar cómo se desplegaba un nuevo pétalo, revelando capas de tu ser que a veces preferías no mostrar. Me fascinaba cómo, detrás de cada sonrisa, había una historia, una superación, una vivencia, un sueño que solo compartías con quienes tenían el coraje de acercarse lo suficiente para descubrirlo. Tus espinas no me asustaban, al contrario, me enseñaron que la fuerza y la vulnerabilidad podían coexistir.
Me maravillaba tu capacidad de resistir, de florecer incluso en los días más grises. No importaba cuán fuerte fuera la tormenta, siempre volvías a levantar la cabeza, tan radiante como siempre, pero con una nueva sabiduría que solo en la adversidad podía regalar. Eras fuerte y delicada a la vez, y eso era lo que te hacía única.
A veces, el mundo no se da cuenta de que una rosa no solo es bella por lo que muestra, sino por lo que no muestra. Y así eras tú: una mezcla perfecta de fortaleza y fragilidad, de amor y resguardo. Como la rosa, no te definías solo por lo que se veía a simple vista, sino por la esencia que dejabas en aquellos lo suficientemente afortunados para haberte conocido de verdad.
Encar
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