Merece la pena darse, aunque el mundo a veces lo olvide.
Merece la pena entregarse, incluso cuando no hay aplausos, cuando el esfuerzo pasa desapercibido.
Porque hay algo sagrado en quien renuncia a su comodidad para hacerle la vida más ligera a otro.
Olvidarse de uno mismo no es desaparecer, es dejar que el amor tenga la última palabra.
Es posponer el interés propio cuando alguien necesita una mano, una palabra, un gesto que le devuelva la esperanza.
Es comprender que no hay mayor plenitud que la de saberse útil, necesario, presente.
Merece la pena detenerse a escuchar a quien nadie escucha.
Crear historias que enciendan la mirada de alguien que ya no creía en los sueños.
La vida no se mide solo por lo que logramos, sino por cuánto nos dimos.
Quien vive dándose se vacía, sí… pero solo para llenarse de lo que realmente importa: la alegría de servir, la paz de haber hecho el bien, la certeza de haber amado con obras.
Porque al final, lo que queda no son los títulos, ni los reconocimientos, ni lo acumulado.
Lo que queda —lo que realmente permanece— es el bien que hicimos en silencio.
Las veces que decidimos ser luz para alguien, aun cuando nuestro día también era gris.
Merece la pena vivir así. Vivir dándonos por completo.
Porque cuando uno se da con el corazón, no se pierde: se encuentra.
Encar
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