
Mi flor es una maravilla única en el mundo. Es especial, mágica, transformadora, sin igual, sin réplicas. Su belleza es sublime.
Embellece mi pequeño rincón en este vasto planeta y, desde su quietud, me susurra palabras de amistad, cercanía, verdad y autenticidad al oído.
Mi flor es mi esencia, con sus luchas y sus victorias.
Sin ella, mi vida se desvanece en un paisaje sin color. La mera idea de su marchitamiento me lleva a imaginar un mundo sombrío, sin brillo, lleno de enigmas por resolver.
Aunque mi flor permanezca en silencio, su presencia enriquece el discurso de mi corazón. Permanece allí, arraigada a la tierra de la que forma parte, recordándome que yo también soy parte de este gran entramado.
Si no la riego, languidece; si no recibe luz, perece inevitablemente.
Deseo cuidar esta flor que da sentido a mi existencia, quiero realzar su belleza. Reconozco que a veces olvido su vitalidad y su importancia en mi vida, pero hoy la contemplo con dulzura y ternura, para susurrarle en voz baja: «Eres única para mí».
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