
A veces, ir contracorriente es la única manera de ser fiel a lo que piensas, a lo que crees… y a quien realmente eres.
No es fácil. Requiere carácter, valentía, fortaleza interior y una fe firme que ilumine el camino incluso cuando todo alrededor parece empujarte en otra dirección.
Ir contracorriente significa alejarse de lo que no te convence, de lo que apaga tu autenticidad, de lo que te impide vivir desde tu verdad más profunda. Supone nadar a contramano de lo cómodo, de lo esperado, de lo que todos hacen… y eso puede generar soledad, inseguridad, e incluso muchas preguntas sin respuesta.
Pero vale la pena si ese viaje te acerca más a ti mismo, y sobre todo, más a Dios.
Nadar en contra de lo «normal» es para los fuertes.
Sentir y vivir tu propia originalidad es un acto de coraje.
Buscar caminos nuevos es de quienes se atreven a soñar.
Y vivir desde la fe, con coherencia y convicción, es propio de quienes realmente creen.
Dejarse llevar por la inercia, seguir al grupo sin pensar, puede parecer más fácil… pero a menudo no conduce a ningún lugar con sentido.
Jesús de Nazaret también nadó contracorriente.
No eligió el camino fácil, ni el del aplauso, ni el del poder.
Acogió su misión con amor y determinación… y nadó.
Nadó contra el juicio, la incomprensión y la cruz…
y en ese esfuerzo silencioso, abrió un camino nuevo para todos.
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