DERRIBANDO MUROS


No construyas un muro dentro de ti.

No te encierres. Sal al exterior, respira, contempla la vida y déjate sorprender por la grandeza de Dios que se manifiesta en lo cotidiano.

Mira a tu alrededor, escucha el canto de los pájaros, presta atención a quienes te hablan o te miran en silencio esperando lo mejor de ti. Escucha también tu interior, ese lugar sagrado donde habita tu verdad más profunda.

Si dentro de ti hay un muro de dudas, de soledad o de tristeza, no te quedes detrás de él como si no hubiera salida. No huyas de tu realidad. No siempre entendemos los planes de Dios, pero nada ocurre al azar. Atrévete a mirar más allá de lo que te divide por dentro. Sube al borde de ese muro y asómate al otro lado. Puede que ahí esté la belleza que no sabías que te esperaba.

Acepta lo que eres, incluso si duele, incluso si no lo comprendes del todo. Dios está en ti, permanece contigo, sobre todo cuando más lo necesitas. Déjame acompañarte, déjame ver en ti el rostro de un Dios que es fuerte y frágil a la vez, que se manifiesta en tus grietas, en tu búsqueda y en tu luz.

Juntos, podemos derribar ese muro. Y cuando caiga, verás lo que hay detrás: tu verdadero yo, tus tesoros más puros, todo lo que Dios ha sembrado en ti y que espera ser compartido. Y estaré yo también, a tu lado, en silencio, acogiendo y contemplando.

Toma cada ladrillo de ese muro y, en lugar de esconderte, construyamos una casa.

Una casa abierta, donde quepa todo lo que somos: la alegría, la tristeza, la fe, la entrega. Que tenga paredes, sí, pero un tejado ligero, para que podamos alzar las manos y sentirnos más cerca del cielo. Una casa donde Dios sea el centro, y nosotros, los constructores de unidad.

Gracias, Señor, por enseñarnos que los muros dividen, pero el amor construye.

Que sin Ti el mundo se vacía, y contigo todo se llena de sentido. Paso a paso, ladrillo a ladrillo, nuestra casa se levantará… y sus puertas se abrirán a la libertad, a la amistad, y a Ti.



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