“Nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira.”
Una misma realidad puede ser, para unos, motivo de tristeza… y para otros, de alegría.
¿Por qué sucede esto?
Porque cada persona contempla la vida desde su propio ángulo, con los lentes que elige —o que ha aprendido— a ponerse.
Algunos se colocan las gafas de la esperanza, que suavizan el dolor y revelan matices de consuelo incluso en medio de la dificultad. Otros, en cambio, miran con cristales oscuros, teñidos de desesperanza, que apagan los colores del entorno y oscurecen hasta los momentos más simples.
Hay miradas endurecidas por el odio, que juzgan, rechazan o ignoran; y hay otras que armonizan, que acogen con compasión y misericordia, capaces de ver belleza incluso en la herida.
Algunos magnifican problemas pequeños, viéndolos en tres dimensiones como si fuesen montañas insalvables. Otros, en cambio, logran tamizar el dolor con serenidad, dejando tras de sí una estela de luz.
¿Qué gafas te pones cada día?
¿Las que oscurecen la realidad y llenan de miedo cada paso, o las que permiten ver la luz en los rostros, los gestos y las oportunidades cotidianas?
Jesús, sin duda, llevaba gafas de amor.
Su mirada era limpia, transparente, sin prejuicios. A través de los cristales del perdón, la amistad y la ternura, vio lo que muchos no supieron ver: dignidad en el pecador, fe en el marginado, luz en medio de la oscuridad.
Esas son las gafas que quiero llevar.
Las que me permitan ver más allá de lo aparente y vivir más allá de lo esperado.
Las que transforman el dolor en camino de crecimiento y la alegría en oportunidad de ser, cada día, un poco mejor.
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