El milagro de compartir


Cuántas veces hemos participado en comidas comunitarias, encuentros con amigos, celebraciones familiares o actividades de grupo, donde cada persona o familia lleva algo para compartir. Y, casi por arte de magia, cuando todo se pone en común, alcanza para todos… y muchas veces, hasta sobra.

Jesús, con su vida y su palabra, enseña a sus discípulos que es posible responder a las necesidades del pueblo si cada uno se compromete y aporta lo que tiene, por poco que sea. Cinco panes y dos peces pueden parecer insignificantes ante una multitud, pero cuando se comparten desde el corazón, se multiplican. El verdadero milagro no está solo en la abundancia, sino en la disposición a dar.

Cuando todos contribuimos con generosidad, lo pequeño se hace grande, lo escaso se vuelve suficiente, y la comunidad se transforma en un espacio de solidaridad y fraternidad. Jesús nos muestra, con su ejemplo, que compartir es una respuesta concreta al sufrimiento del otro.

Si nos alimentamos con el cuerpo de Cristo, estamos llamados a vivir como Él vivió: acogiendo al necesitado, acompañando al que sufre, preocupándonos por quienes no tienen lo mínimo para vivir con dignidad.

Seguir a Jesús implica comprometernos con quienes menos tienen, poner al servicio de los demás nuestros bienes, nuestras capacidades, nuestro tiempo y nuestro trabajo. Es también organizar y animar al pueblo para que aprenda a compartir, dando testimonio con nuestras acciones de una vida coherente con el Evangelio.

Solo así, habrá pan para todos. Solo así, se cumplirá la voluntad del Padre, que creó los bienes de la tierra no para unos pocos, sino para toda la humanidad.

Encar
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